Conservas Perón, génesis y desarrollo de una empresa familiar

La historia de Jesús Martínez Lizanzu, lodosano nacido el 25 de octubre de 1947, es la de una persona luchadora de orígenes humildes. «De pequeños —comenta— mis cuatro hermanos y yo no teníamos más que la luz del cielo, aunque no faltaba algún currusco». Apoyado por su familia, «que empeñó hasta las zapatillas», apostó allá por 1980 por la conserva vegetal. Y ahora que nadie cuestiona su peso en el sector asegura que sigue siendo «una persona humilde». «Es más —añade— la humildad es el consejo que les doy a mis dos hijos, porque en la vida no -te faltan ocasiones. Hasta entonces, hay que saber esperar, trabajar y ahorrar».

A Jesús Martínez siempre le han llamado Perón, como al antiguo presidente de Argentina. Un apodo que él considera «cosas de pueblo». «Siendo muy crío empezaron a llamarme así, no sé muy bien por qué. Me decían que era muy majo y que me tenía que casar con una hija de Perón. iQué cosas!», exclama con cierto rubor.

Una empresa familiar

La vida hizo que se casara con la también lodosana Blanca Cordón Erdociáin, directora de producción, con quien tiene dos hijos: Sergio, el mayor, director comercial de la firma, y Jesús, encargado de la finca y de la bodega. «Blanca es mi mejor compañera en todas mis aventuras y desventuras. Siempre apoyándome y luchando a mi lado. Sin ella nunca hubiera sido posible este proyecto», afirma.

Las necesidades de casa le obligaron a ponerse a trabajar a los 13 años como aprendiz de cerrador de botes en la Cooperativa El Campo de Lodosa. «Entonces no imaginé hasta qué punto cerrar botes iba a marcar mi vida», señala.

Para entonces, Jesús Martínez había dejado la escuela sin obtener los estudios primarios. Un certificado que, por su espíritu y amor propio, se propuso conseguir después. «No había sido muy buen estudiante, pero me quedaba la cosa del título y me lo saqué por las noches cuando tenía dieciocho años». De su primer trabajo no recuerda haber percibido dinero. «Algo —señala— nos darían a los aprendices, pero lo que recuerdo como primer sueldo fue a los 16 años, cuando empecé a trabajar en Conservas Comuna».

Tras el primer mes de trabajo en su nueva empresa, también como cerrador de botes, recibió 5.000 pesetas «más mil pesetas de propina», puntualiza con orgullo Jesús Martínez y, envuelto en aquel momento, añade: «¡Qué ilusión nos hacía llevar algo a casa!».

Para Jesús Martínez cerrar botes era una de las tareas más ingratas. «Las tapas eran sin rizar y cortaban como cuchillas de afeitar, los botes venían precalentados a temperaturas de 60 y 70 grados. Al lado tenía un pozal de agua fría para calmarme las manos, pero era muy duro».

Llegó a cerrar en doce horas hasta 16.000 botes de tres kilos de coliflor. «Me dediqué a contarlos por curiosidad», dice. De lo que prefirió perder la cuenta fue de las constantes ampollas y cortes en sus manos. «Aún tengo las cicatrices. Hasta ocho puntos me dieron», dice mostrando las palmas de sus manos. Fueron diez años los que pasó cerrando botes. «Llegué incluso a quedarme algo encorvado de la postura. Más de una vez mi mujer me decía qué anduviese recto».

Después vendría la mili, que compaginó con trabajos en otra conservera lodosana, la Hispano Suiza. «Cuando cumplí con la patria, me empleé en Inabonos. de Lodosa. Me hicieron fijo y me casé». A la vuelta del viaje de novios comenzaría a darle vuelta a su aventura empresarial.

Los primeros pasos

El primer mes recibió de casado menos de lo que ganó a sus 16 años. «Cobré 4.700 pesetas y vi que tenía que buscar algo para complementar la renta. Un tío mío me dijo que me presentara a alguacil. Me convenció que iba a estar mejor y así lo hice».

El valor del sentido de la familia en la vida de Jesús Martínez ha jugado un papel, importante. «Siempre he contado con ella y ellos conmigo». Un apoyo que en esta ocasión encontró en su suegro, Enrique. «Empezamos a cultivar fincas de pimientos que alquilábamos y luego lo poníamos en casa, con mi mujer y la familia».

Pero el detonante para acometer la creación de una conservera está vinculado con su trabajo como cerrador de botes. «Yo sabía que los botes costaban cuatro pesetas y por cerrarlos me cobraban 21 pesetas. Como me consideraba el cerrador número uno deLodosa, me dije que nunca nadie más en la vida me cerraría a mi nadie un bote de conserva, aunque los tuviese que cerrar en la cocina de mi casa». Y de ahí a buscar un almacén para montar su conservera. «Los bancos no creían en mí, porque era un triste alguacil y me costó. Gracias a la familia, que empeñó hasta las zapatillas, y a al crédito conseguí los cuatro millones que me hacían faltan para pagar mis primeros 200 metros cuadrados».

Era 1982. Jesús Martínez tenía 34 años y seguía cumpliendo con su turno de ocho horas en el Ayuntamiento. «Lo hacía de tarde o de noche, porque las mañanas las invertía en el campo y en la fábrica». En su etapa inicial contó con la ayuda de un hombre al que él guarda cariño y respeto, Bautista Pascual. «Fue el encargado —comenta— que de verdad me enseñó a cerrar botes y cuando empecé pasó a mi lado diez años enseñándome todo lo que, sabía».

En pleno funcionamiento

Sus desvelos se vieron compensados en su primer año de funcionamiento. «El millón que me dejó una entidad bancaria lo aboné al año. Llevé mis espárragos y pimientos al restaurante la Cepa de San Sebastián y el Churrasco de Zaragoza. Les serví producto y me adelantaron el dinero por la siguiente campaña».

Para sacar adelante su empresa, Jesús Martínez sacrificó sus días de fiesta. «Incluso —señala— dejé la caza por la sujeción que me suponía la fábrica». Y también renunció a horas de sueño. «En ese sentido mi vida ha sido un desastre. Pasaba cuatro o cinco días durmiendo alguna que otra hora suelta». Alguacil de noche, conservero de día. Los ajetreos y esfuerzos le pasaron factura. Tuvo que ser intervenido a causa de una arteria obstruida y debido a la cual en 1990 dejó su puesto en el Ayuntamiento. «Ahora estoy perfectamente y me dedico sólo a la fábrica», concluye.

A los 200 m2 de su primer almacén pronto sumó otros 200 y así hasta los más 1.000 metros cuadrados de hoy. Una superficie que alberga sus dos fábricas. «No he dejado nunca de hacer inversiones. Siempre que he tenido una peseta la he vuelto a meter y así estoy siempre. No sé dónde pararé», explica.En 1988 se produce un hecho decisivo en el futuro de la empresa: la adquisición de más de un millón de metros cuadrados en el término de Los Cabezos, un terreno de buen regadío que le permite a Perón cultivar sus propios frutos y elaborarlos después, hacer bueno el dicho “de la mata a la lata”, algo que siempre ha tratado de hacer. Con anterioridad han sido las tierras de su hermano León o su suegro Enrique, con quienes llegó disfrutar previamente de 5.000 plantas de alcachofa, otras tantas de espárrago y 80.000 de pimiento del piquillo. «Siempre intentamos que lo que producimos lo cultivemos nosotros», apunta. En su proyecto incluye el cultivo de setas y champiñones, hongo xintaki para después transformarlas.

Las 5 hectáreas que en sus comienzos llevaba a renta con su suegro se han transformado en más de 100 has, en propiedad y renta, que él y sus hermanos y cuñados cultivan ahora. Da trabajo a cinco empleados fijos y a 30 eventuales.

«Pero no todo lo que da el campo es orégano», dice para dejar constancia de que llegar hasta donde ha llegado no ha sido fácil. «He tenido mis baches. Tengo mucha fe en Dios y a base de trabajo, trabajo y trabajo lo he sacado adelante. - Más de una vez le he pedido que me dé fuerzas y lo sigo haciendo», concluye.